domingo, 4 de diciembre de 2011

Don Chente


Hace ya algo de tiempo que no se le ve a Don Chente, el campesino más querido por nosotros. Él es una persona amable y de edad avanzada. Cada que nos ve jugando; se acerca a contarnos un cuento y nos besa la frente.
Las personas adultas no le quieren, dicen que él es viejo, feo y expide un muy mal olor. A mí me encanta su olor, el huele a campo, a tierra húmeda. Su piel, siempre termina roja, porque pasa mucho tiempo bajo la luz del sol, pareciera que el sombrero de paja que siempre usa, no le sirviera de nada. Yo, admiro mucho a Don Chente, porque a pesar de que es viejo, siempre está trabajando, alimentando a sus animales y sembrando en su pequeña parcela. Sus hijos, nunca le abrazan, no lo visitan, ni mucho menos le dicen que lo quieren. La que fue su esposa, Doña Chela, falleció hace como 2 años y desde ese entonces, a Don Chente no se le ve tan seguido caminar por el pueblo.
Un día me preguntó: Natita, ¿Te gustaría descubrir mi más grande tesoro? Está oculto en mi parcela. A la cual yo le respondí inmediatamente que sí. Tan pronto como me lo preguntó, yo corrí con mis amiguitos a decirles la gran noticia. Luis, qué es un año mayor a mí, se emocionó tanto que brinco y brinco hasta que se cayó. Lili, que es un año menor a mí, gritó y gritó hasta que se quedó muda. David, mi hermano mayor me dijo: ¿Apoco crees que el viejito ese tiene un tesoro? Yo, lo miré muy enojada y le dije que sí. Él se burló y se fue. Nosotros no quedamos, pensamos y pensamos en la manera de encontrar ese tesoro; porque en realidad, ¡ni siquiera sabíamos que era! Luis decía que sería un montón de monedas viejas que podríamos utilizar cuando juguemos lotería. Lili decía que serían un montón de conchitas y perlas de mar. Y yo, yo no pensé en nada. La tarde del día siguiente, después de ir a la escuela y haber terminado la tarea, mis amigos y yo nos fuimos a la parcela de Don Chente a buscar el tesoro. Nos metimos entre la milpa, pero no encontramos nada. Nos fuimos al corral de las gallinas, y tampoco encontramos nada. Fuimos al establo con las vacas, becerros, caballos y puercos; y tampoco encontramos nada. Ya estábamos cansados y sedientos. Nos dirigimos al pozo que está al lado de los nopales para beber agua. Al asomarnos, algo muy en el fondo brillaba; parecía una cajita. Así que Luis y su ingenio trabajaron en ello. Con la polea y el balde, lo saco. Mi hermano David, nos llegó de sorpresa, y cuando vio que teníamos la caja en nuestras manos (aún cerrada), nos la quito y se fue. De pronto, Don Chente nos abordó y nos preguntó: ¿Dónde está mi caja?, Lili se soltó en llanto y le dijo que David se la había llevado, a lo cual Don Chente dijo: ¡No se preocupen!, esa caja desaparecerá en cuanto la abra, porque lo que hay adentro, a los niños avaros no les sirve de nada, en cambio, a ustedes que son niños buenos, les servirá de mucho. Y así, tal como lo dijo Don Chente, mi hermano David, muy asustado, vino corriendo a decirnos que la caja había desaparecido tan pronto como la abrió y que ni siquiera había visto que había dentro de ella. Ya no vimos a Don Chente los próximos días. Mis amigos y yo nos preguntábamos ¿Qué habrá pasado? Un día, jugando encantados, me quedé mirando hacia la ventana de mi cuarto y vi la caja de Don Chente. Corrimos a toda velocidad y le abrimos. Dentro de ella, ¡había un lingote de oro! Y debajo de él, una cartita que decía lo siguiente:
--Queridos niños: ustedes han sido muy buenos conmigo, nunca me juzgaron, al contrario; me abrazaron, me besaron, y rieron conmigo. Este lingote es para ustedes, por sus buenos sentimientos y acciones. Yo, me he ido, pero con la satisfacción de que ustedes lo tienen y que se con certeza de que utilizarán el lingote para algo bueno. Los quiere: Don Chente.--
Nos quedamos boquiabiertos y sin palabras. Ese día por la tarde, se corrió la voz por todo el pueblo. Don Chente había fallecido la tarde anterior, pero antes de eso, vino a dejarnos su cajita.
Mi hermano David, no podía creerlo. Inmediatamente dijo: Ahora sé que hice mal, que fui avaro y egoísta. Perdón.
Ahora, solo nos queda el recuerdo de Don Chente, sus cuentos y sus besos.



  Él es el verdadero Don Chente, Mi Abuelo.

Él fue la inspiración para mi cuento, gracias a sus historias y sus besos. De su parcela, tengo infinidad de recuerdos que puedo contar. ÉL, aún vive, pero nos dice que cuando muera, nosotros; sus nietos, debemos encontrar su tesoro. Aunque yo ya lo tengo: SU AMOR.    

Por: Natalia Belén Navarro Hernández